En principio
consideramos que el espacio es una entidad, tiene vida, y como tal, se alimenta
de energía. Para que la vida de los habitantes de dicho espacio sea armónica y
equilibrada, así también debe ser la energía que alimenta al mismo.
Cuando ésta está
acelerada, o bloqueada, estancada o violenta, tiene por lo general efectos en
nuestra vida que impiden el natural equilibrio.
Hay básicamente
tres clases de alimentación que tenemos en cuenta: la que proviene del
exterior, y que en condiciones óptimas circula por el espacio; la propia,
generada por los fuegos de la casa; y la de las personas que habitan o
habitaron en la misma.
La energía
residual consideramos que se va por las ventanas y por el o los baños del
lugar.
Cuando las
condiciones no son óptimas (en la mayoría de los casos en nuestra cultura), la
energía, antes de alimentar adecuadamente el espacio, se va, se desperdicia. El
resultado es una pérdida de energía que los ocupantes sienten en sus vidas...en
su salud, en su economía, en sus relaciones, etc.
La ignorancia de
algunos principios fundamentales hace que hasta consideremos normal y natural
el vivir desganados, el que cada situación requiera un esfuerzo desmesurado
para solucionarse, y que la salud sea un tema que sólo algunos privilegiados
pueden disfrutar. Esto sin contar la intolerancia que cada día asume
proporciones más alarmantes.

No hay comentarios:
Publicar un comentario