EL PRIMER AMOR
La propia-estima no puede
ser verificada por los demás. Tú vales porque tú dices que es así. Si dependes
de los demás para valorarte, esta valorización estará hecha por los demás.
Puede ser que tengas una enfermedad social, una enfermedad que no se
pueda curar con una simple inyección. Es muy probable que te haya infestado el
virus del desprecio a ti mismo; y el único remedio conocido para esto es una
buena dosis masiva de amor propio, o amor a ti mismo. Pero quizá, como mucha
gente en nuestra sociedad, tú has crecido con la idea de que está mal amarse a
sí mismo. Piensa en los demás, nos dice la sociedad. Ama a tu prójimo, nos
predica la Iglesia. Lo que nadie parece recordar es lo de ámate a ti mismo, y
sin embargo es eso precisamente lo que vas a tener que aprender para lograr tu
felicidad en el momento-presente.
De niño aprendiste que amarte
a ti mismo, algo natural en aquel entonces, era lo mismo que ser egoísta y
consentido. Aprendiste a pensar en los demás antes que en ti mismo, a darles
mayor importancia porque de esa manera demostrabas que eras una
"buena" persona. Aprendiste a anularte y te alimentaron con conceptos
como el de "debes compartir tus cosas con tus primos". No importaba
que fueran las cosas que más querías, tus tesoros personales, o que ni papá ni
mamá pudieran no estar compartiendo sus juguetes de adultos con los demás.
Incluso puede que te hayan dicho a menudo que "los niños callan cuando
hablan los adultos" y que "debes saber cuál es tu lugar".
Los niños se consideran
hermosos e importantes por naturaleza, pero al llegar a la adolescencia los
mensajes de la sociedad ya han echado raíces. La desconfianza en sí mismos está
en pleno apogeo. Y con el pasar de los años esta sensación recibe
constantemente refuerzos. Después de todo no debes andar por el mundo amándote
a ti mismo. ¡Qué pensarán de ti los demás!
Las indirectas son sutiles y
la intención que las alienta no es mala, pero logran mantener a raya al
individuo. Empezando con los padres y la familia y siguiendo con el colegio y
los amigos, el niño aprende estos encantadores modales sociales que son como la
marca de ley del mundo de los adultos. Los niños nunca actúan así entre ellos a
menos que sea para darles gusto a los mayores. Que digan siempre por favor y
gracias, que hagan una venia, que se levanten cuando entra un adulto en la
habitación, que pidan permiso para levantarse de la mesa, que aguanten las
eternas caricias en las mejillas y las sobadas de cabeza de los adultos. El
mensaje es muy claro: los adultos son importantes; los niños no cuentan. Los
demás tienen importancia; tú eres insignificante. No te fíes de tu propia
opinión era el corolario número uno, y había un enorme paquete de refuerzos que
venían bajo el título de "buena educación". Estas reglas encubiertas
por la palabra "modales" te ayudaban a internalizar los juicios de
los demás a expensas de tus propios valores. No es sorprendente pues que estas
mismas preguntas y dudas, estas mismas definiciones que te niegan como persona
persistan en la madurez. ¿Y cómo logran introducirse estas dudas de uno mismo?
Quizá tengas problemas en el importante tema de amar al prójimo.

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